El héroe (I)

Un árbol es un héroe. Tiene que haberlo sido para existir. Es preciso que haya sentido la llamada del crecimiento, la necesidad de expandirse, y haya permitido que esa energía fluyera a través suyo. Simplemente no oponiéndose, no bloqueándola. Entregándose.

Para ser árbol, la sensación de ser semilla tuvo que ser lo suficientemente estrecha en algún momento como para querer salir de la comodidad y la seguridad que le proporcionaba la tierra. Y, quizá, ésta misma pasó de ser una fuerza que, más que abrazarla, la aprisionaba. Sin embargo, era necesario sentir esa tensión, recibir el impulso de lo externo para empezar a desplegar la propia destreza.

El héroe es cualquiera de nosotros que, siendo semilla, decide -sin hacerlo- ser un árbol. Simplemente dejando que suceda. Sintiendo las fuerzas y energías que presionan y emergen, tanto dentro como fuera, tratando de percibirlas, de acogerlas, de gestionarlas, sin bloquearlas con creencias o ideas preconcebidas -tarea nada fácil-, sin imponer una forma determinada.

El árbol es un héroe porque es fuerte, pero también porque es vulnerable. A veces se asocia ser vulnerable con ser débil, pero es un error. La vulnerabilidad es una línea que cruza la conciencia cuando pasa por el terreno de la sensibilidad. Ser un héroe no tiene que ver con ser duro, con ser un superman, con ser el más fuerte ni dejar de tener miedo. El héroe es aquél que reconoce su fragilidad y aún así sigue adelante, a su ritmo, pero con claridad, con paciencia, y es capaz de compartir y pedir ayuda. Ser vulnerable tiene que ver con abrirse y confiar en que se van a encontrar los recursos para ir resolviendo todo lo que se vaya presentando. La debilidad es más un estar cerrado. El héroe representa el “santo decir si” a la vida de que habla Nietzsche, a pesar de las dificultades, monstruos, dragones, pruebas y situaciones que aparecen.

Hoy he visto árboles en el parque y he visto su heroicidad. Ser un héroe no es sólo un concepto o una idea, es una energía que habita en todo lo viviente. Reside en los recobecos oscuros de nuestro organismo, entre paredes rugosas, órganos, huesos, músculos y líquidos. Y decir “reside” suena exagerado, pues no es algo tangible. Pero imagino que cuando emerge el héroe de las profundidades de uno mismo, todas las células vibran, la respiración se equilibra, se sienten los pies bien anclados en la tierra, como los árboles, y la copa de la conciencia se abre a lo celeste.

Nunca he visto a un árbol que tenga éxito, pero sí muchos que son héroes. El éxito tiene que ver con la imagen proyectada hacia fuera y la confirmación de la que depende para su existencia. El árbol no sabe de eso. Frente a las dificultades se adapta, firme y flexible, y sigue creciendo.

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