Kintsugi (II)

Evidentemente, si un sufrimiento es evitable, no tenemos por qué pasar por él. Pero ¿qué pasa con el sufrimiento inevitable? ¿Qué pasa cuando sobreviene una enfermedad, una pérdida, un accidente o cualquier otro revés del destino?
He visto carteles muy bonitos en las redes sociales con la cara del Dalai Lama con la típica frase “El sufrimiento es opcional“, como si todo, absolutamente todo, dependiera de nosotros. No soy de esta opinión, o al menos no para la mayoría de los no-dalais-lama, que somos muchos.
Hay cosas que duelen, y además te hacen sufrir, y esto no siempre lo eliges, sino que te viene dado. Creo que contribuiríamos más a nuestra felicidad y bienestar si no nos creyéramos tan omnipotentes y reconociéramos más nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad.
¿Qué pasa cuando se nos impone una realidad que no hemos escogido libre y voluntariamente y que no queremos? Con “qué pasa” me refiero a “¿y ahora qué?” A mi se me ocurre que hay varias opciones (seguramente muchas), pero destacaría básicamente dos:
Una, caer en el victimismo -“¿Por qué a mi?”, “¿por qué yo?”, “Pobrecit@ de mi”, “qué he hecho yo para merecer esto”- o Tratar de darle una vuelta, transformar la situación, tratar de aprender algo, aceptar lo que está sucediendo.
Sé que es fácil decirlo y no tanto hacerlo. Sin embargo, sí que depende de nosotros la actitud con la que afrontamos la situación. No que no suframos, sino si lo hacemos con dignidad, con aprendizaje, hasta con “agradecimiento”. A veces, a través de una catástrofe, la vida nos obsequia con una gran lección, aunque sea un “simple” cambio en la mirada, en la forma de ver la vida y a nosotros mismos -Una nueva filosofía de vida-
Y no se trata de que no lloremos o nos enfademos, no se trata de que no tengamos miedo o no comprendamos. Se trata de no instalarse en la queja permanente, se trata de ver las cosas con mayor perspectiva, se trata de no utilizar lo que nos pasa como excusa para no crecer. Quizá no encuentres sentido a lo que te pasa o te pasó. Pero eso no significa que no lo vayas a encontrar, que la experiencia no te haya aportado algo, que no tengas capacidad de decidir qué hacer con eso.
Hablábamos de esto en las sesiones de Diálogos Filosóficos a propósito de Viktor Frankl, uno de los grandes maestros en el arte de transformar el sufrimiento -en su caso, el de Auschwitz- en sentido de vida, cuando me acordé del arte del Kintsugi. Buscando un video que lo explicara, encontré el relato de Celia, que me conmovió profundamente. No te conozco, pero te agradezco que hayas compartido tu experiencia y el ejemplo que das. Mis mejores deseos para ti.