La Escucha Activa

La Escucha Activa es una “técnica” o “herramienta” muy valiosa en el ámbito de la comunicación, que suele utilizarse en terapia y en coaching, y que recoge el espíritu de la psicología humanista de Carl Rogers.

Más allá de si visitamos o no el espacio de la terapia o del coaching como vía de crecimiento y/o resolución de conflictos, la escucha activa es un gran recurso aplicable a las relaciones humanas en general. Es más, es un ingrediente fundamental para que haya una buena comunicación.

La escucha tiene una cualidad receptiva, de acogida, yin, si se quiere. ¿Cómo puede ser la escucha algo activo? ¿Cuál sería la diferencia entre una escucha activa y una pasiva? La respuesta está en la actitud. En la activa hay un interés, hay curiosidad, hay disponibilidad hacia el otro. No estoy simplemente recibiendo información como si fuera un mueble, sino que hay contacto con la otra persona.

En mi opinión, uno de los motivos por los que hay tantas personas sintiéndose solas en ciudades con millones de habitantes, es porque hay un gran déficit de contacto real con el otro, y en gran parte es por falta de apertura y escucha. Puede haber cierto contacto, sí, cierta escucha, pero pocas veces rasgamos lo superficial para ir un poco más hondo y sentir al otro verdaderamente cerca. Aunque esté a mi lado, la distancia real puede ser de años luz, como la que hay entre dos planetas distintos; por eso es que cuando sentimos a alguien cerca, cuando realmente hemos contactado con alguien de corazón, da igual que esté en otro continente o incluso haya fallecido.

Es cierto que en los tiempos que corren, nunca mejor dicho, no es fácil encontrar espacios de comunicación real y profunda con los demás, falta tiempo, falta paciencia. Falta cierto salir del autorreferencial yo-yo-yo, del narcisismo y el egocentrismo al que parece abocarnos una sociedad volcada en el individuo. No digo que no haya que cuidarse ni amarse ni pensar en uno mismo, digo que el cerrarnos al mundo nos enferma. No nos han educado para acompañarnos unos a otros, y quizá por eso haya tanto auge de las terapias hoy día. Las personas necesitan ser escuchadas, sentir contacto profundo con el otro, sentir que a alguien le importa lo que tienen que decir, pues puede que ni siquiera tus familiares, los seres más cercanos, te escuchen (ojalá no sea el caso).

Posiblemente tanta gente acudiera al confesor en el pasado, más allá de absoluciones y negociaciones con lo eterno, por sentir que su propia voz, sus verdades, tocaban a otro ser humano.  Para Viktor Frankl, en la oración -hoy día podemos decir en la meditación, que parece más filosóficamente correcto- no hace falta ni siquiera otro ser humano, pues es una suerte de diálogo con lo más íntimo de uno mismo. Uno se siente escuchado igual.

Hasta aquí, hay bastante interpretación mía. Puede ser así, y puede no serlo. No importa, si al menos genera una reflexión, un empezar a prestar atención a cómo escuchamos. Es verdad que no podemos obligar a nadie que nos escuche, pero sí podemos hacerlo nosotros y, así, posibilitar que el otro también lo haga. Inconscientemente le mostramos un camino, tendemos un puente entre el uno y el otro, que es bidireccional.

*Algunos componentes de la Escucha Activa.

-El oyente demuestra al hablante que le ha entendido. Se puede resumir o destacar algo de lo que el otro ha dicho para ir recapitulando, por ejemplo.

-Interés, curiosidad y disponibilidad por el otro. Se expresa en la mirada, en la postura corporal, en hacer gestos que confirmen al otro que se le está siguiendo.

-Atender al lenguaje no verbal (postura corporal, gestos, tono de voz, etc), que generalmente dice más que lo que la persona habla.

-Empatizar, con expresiones tipo: “entiendo lo que dices”, por ejemplo.

-Honestidad. No fingir que se escucha, ni utilizar estas mismas técnicas para aparentar que se está escuchando “de verdad”. También se le puede decir al otro que te has perdido un poco, o que te repita algo porque no se ha entendido bien.

-Es importante respetar los silencios, que la otra persona sienta que tiene el espacio para abrirse.

-Tratar de no juzgar.

-Tratar de no interrumpir.

-Evitar el “síndrome del experto” en el que tratamos de solucionarle la vida al otro. El otro quizá sólo necesita ser escuchado. En esta línea, dar consejos si nos lo piden.

-Validar lo que el otro siente, evitando frases tipo “eso no es nada”.

-No contar tu historia cuando lo que el otro necesita es hablar. A veces lo único que necesita puede ser escuchar su propia voz.

*Obstáculos que impiden una escucha activa.

-Tener la atención dividida, no estar plenamente presente, si no por un lado escuchando a la persona y por otro pensando en tus cosas o con la atención en el móvil, por poner un ejemplo.

-Excesiva atención a nosotros mismos, de forma que sólo escuchamos al otro cuando lo que dice tiene algo que ver con nosotros o algo que nos interesa o concierne de algún modo.

-No prestar suficiente atención al otro cuando no estamos de acuerdo con lo que dice, porque tenemos creencias distintas, etc.

 

Saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad, la locuacidad y la laringitis.

William George Ward (1812-1882) Escritor y teólogo inglés