Zapatos en la puerta

               Descalzarse a las puertas de un templo es una costumbre habitual en la India. Recuerdo una vez el enfado de un saddhu cuando me vio con las sandalias dentro de uno. Vino desde la otra punta dirigiéndose rápidamente hacia mí, con la mirada fija y penetrante. Cuando llego hasta donde estaba alzó la voz en un idioma del todo incomprensible y empezó a realizar movimientos rápidos con el brazo, que señalaban mis pies y después en dirección a la puerta. Al principio no entendía qué me decía, recién había llegado al país, hasta que por fin comprendí.

               Descalzarse a las puertas de un tempo no es sólo una costumbre. Es un ritual cargado de significado, un umbral, un paso hacia lo sagrado. Afuera está el mundo, el polvo de la calle, el ruido, el personaje, su disfraz. Adentro lo sagrado, lo divino, la verdad. Cuando nos quitamos los zapatos aflora la humildad, aquella en la que nos sabemos parte de algo mayor. Es un símbolo de respeto, de reconocimiento. Y nos igualamos. Los zapatos, la vestimenta, nos divide, nos clasifica. ¿Cuántas veces no hemos juzgado a alguien por su apariencia? ¿Por su ropa, su coche o, como se suele decir, por la pinta que lleva? Los pies descalzos representan la igualdad. Ante lo sagrado todos valemos lo mismo.

               A las puertas de la sala de terapia Gestalt también existe la costumbre de sacarse los zapatos. No es algo que sea obligatorio, ni que practique todo el mundo. Nunca he preguntado la razón, aunque supongo que lo más práctico sería decir que es por cuidar el parqué. Sin embargo, siempre tengo la impresión de que si entro en la sala con zapatos me va a venir otra aquél saddhu enfadado. Y no por que la Gestalt sea una religión ni nada parecido. Pero sí que hay un umbral. En terapia accedemos a un tipo de espacio diferente del habitual. En cierto modo, accedemos a algo extra-ordinario. Un lugar en el que mostrar lo que somos, donde soltar también el personaje, donde conectar con la vulnerabilidad. Un espacio para purificarnos, transformarnos y conectar con algo más verdadero, donde se abre la posibilidad de reconectar con la tierra, recuperar la sabiduría orgánica y trabajar el autoapoyo. Hay mucha inteligencia en los pies.


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